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martes, 11 de julio de 2017

Mangos, Mangos y más Mangos

Es mi secreta opinión, que comparto por primera vez, que lo mejor de comer mangos es que volvemos a la infancia. Aunque sea por cortos momentos, sentimos esa rara y extraña felicidad. Pero – ojo – para disfrutar ese inusitado placer tenemos que hacerlo también como lo hacíamos cuando éramos niños; o, dicho de otra forma, volvernos niños cuando comemos mangos.

Estamos en plena temporada de mangos. Vivo en una región donde abundan y en mi casa tengo varios árboles. A diario, creo que me como por lo menos veinte... y no me canso. Eso sin incluir los jugos y la jalea de mango verde.

Pero también hay algo colectivo que nos causa gran placer y nos hace volver a épocas cuando imperaba la solidaridad y el afecto entre vecinos. Se nos quita el egoísmo impuesto por la sociedad de consumo y repartimos mangos a diestra y siniestra entre todos quienes quieran comerlos. A diario reparto entre los niños, especialmente, no se cuantas frutas y me gusta oír los chipilines y chipilinas siempre quejarse que son muy poquitos.

Pero, ¿qué eso que describo como “volvernos niños”?

Verán. Creo que amerita una explicación. A medida que avanzamos en edad nos deslastramos de esa encantadora naturalidad infantil que tanto celebramos en los angelitos que nos rodean. Adoptamos poses, maneras, actitudes generalmente impuestos por la sociedad. Nos volvemos seguidores de reglas que no sé quien diablos implantó. Entre otras la de comer como la gente educada. Pero – si no me creen hagan la prueba – para disfrutar la ingesta de mangos, repito, hagámoslo como lo hacen los niños. Cero etiquetas, cero cuchillos, cero pulcritud. Simplemente intentemos recordar como lo hacíamos nosotros mismos que muchas veces los comíamos con concha y todo. Agarremos la fruta madurita, la mordemos y si está bastante jugosa nos chorreamos, nos embadurnamos la cara, nos ponemos olorosos a mango, la disfrutamos y luego nos chupamos “la pepa” hasta dejarla blanquita. Al final estaremos chorreados, llenos de jugo, olor y sabor por casi toda la cara, brazos y manos, nos chupamos los dedos, nos ensuciamos de sustancia amarilla; en fin, presentaremos desde el punto de vista de las reglas de la pulcritud un estado sabrosamente lamentable. Atrévanse, háganlo, disfruten y después me cuentan su renovada experiencia de volver a la infancia por un ratico.

Por último, un postrer gusto. Después de jartarnos de mangos, especialmente si són de hilacha, el sabroso placer de sacarnos los pelitos de entre los dientes. ¿A que a más de una(o) le vinieron viejos, lejanos recuerdos?

Divaguemos sobre el mismo tema y adentrémonos en lo poco que sé sobre la historia del mango en nuestro país. Para empezar es falso de toda falsedad lo que han escrito historiadores y poetas sobre Bolívar niño correteando por los campos y comiendo mangos. Poeticamente muy lindo, tal vez, pero historicamente falso. En esos tiempos no existían mangos en Venezuela.

El mango es originario de la India al igual que la caña de azúcar y muchas otros vegetales que se producen en nuestros campos, solares y jardines. Es tal vez la única herencia positiva que nos han dejado los ingleses; fueron ellos quienes trajeron los mangos a Venezuela. ¡¿Qué?! ¡¿Como?! Sí, tal como lo leyeron. Ocurrió en el siglo XIX, por allá por los años 1880 y, por favor no me pidan la precisión cronológica, cuando ellos lo trajeron para reforestar las zonas por donde pasarían los viejos ferrocarriles contratados durante la dictadora de Guzmán Blanco, el llamado autócrata civilizador, un eufemismo para llamar un formidable ladrón de siete suelas. Gran parte de la India es un país tropical como el nuestro y el cultivo se extendió por todo el país, se adaptó maravillosamente a nuestros suelos y climas. Con el tiempo se han producido mutaciones e hibridaciones y hoy disfrutamos de una multitud de variedades y sabores de mango. Los otros constructores de ferrocarriles de aquella época fueron los alemanes. Ellos no tenían colonias en la India y no conocían el sabroso mango. Para reforestar sembraron pinos pero eso no lo comen los niños, ni los viejos tampoco.

Entre nosotros los más conocidos genericamente son los de hilacha, los de bocao (bocado) y las “mangas”. Los hay chiquitos, medianos, grandes y grandotes; con una gama de sabores entre los dulces como la miel y los aciditos. Según el tipo también sirven unos u otros para hacer jugos, jaleas y mermeladas pero lo mejor de la mejor es hacer como los carajitos y comerlos cuando están en sazón, bien maduritos aunque a muchos les gusta comerlos verdes con sal. Ahh, ¿empiezan a recordar viejos tiempos? Por mi parte, me gustan maduritos y mejor si son picaos de pájaro. Decían los viejos de mi niñez que eran los más sabrosos porque los pájaros saben cuando las frutas están en su mejor sazón. Ahora me vienen a la memoria dos recuerdos, uno de antaño y otro de hogaño; cuando niño mi gran gusto era trepar a los árboles, sentarme en una rama y darme banquetes con frutas en plena sazón. Envejecí y llegó la prohibición de trepar árboles pero adquirí otro gusto envidiable para muchos: jarto e mango, guindarme en un chinchorro bajo esos frondosos árboles y disfrutar un descanso único. Si no lo han probado se los recomiendo ampliamente.

Para mis amigos de otras latitudes les aclaro: chinchorro en Venezuela es una hamaca tejida con fibras naturales, las más frescas. Son famosas las tejidas con enea por los tejedores wayúu y con moriche por los cariña, dos etnias originarias de hermanos amerindios.

Olvídense de modales de gente chic. Déjense de placeres neoburgueses. Vuelvan a su infancia y sean felices. A comer mangos maduritos, a chorrearse bastante. ¿Qué carajo importa si manchamos la camisa o toda la vestimenta?



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sábado, 4 de julio de 2015

Negro Primero

Lamento no haber tenido la suerte y el privilegio de estar en Caracas para presenciar el traslado de los restos simbólicos del Negro Primero al Panteón Nacional el día 24 de junio pasado, fecha en la cual murió hace 194 años en la Batalla de Carabobo.

Desde niño he sabido algunas de las historias menudas que rodean la vida de este prócer ejemplar y, en algunos aspectos, único de nuestra larga y sangrienta Guerra de Independencia; y, a partir de esas historias, lo he conocido y sentido más por el cariñoso apelativo de Negro Primero que por su propio nombre, Pedro Camejo.

No me referiré a la historia ni a los hechos que rodean la vida conocida de Pedro Camejo. No, intentaré discurrir sobre el apelativo que ostentó en vida y el que se ha inmortalizado y, mucho más ahora que reposa en el Panteón donde se guardan los restos de los héroes por la eternidad de la Patria Venezolana.

Negro y Primero. Empecemos por el final. Primero se le conoce en la historia por su valor, coraje, desprendimiento y sobretodo audacia. Encabezaba; es decir, iba de “primero” en todos los ataques y recordemos que aquellos ataques eran de caballería lanza en ristre; tipos de ataque no aptos para cobardes; eran realmente actos suicidas. Era así y pasó a la leyenda, que se inició entre sus propios compañeros de lucha que lo admiraban y les servía de ejemplo y acicate para arriesgar sus vidas por la Patria. Sea propicio recordar en que la Guerra de Independencia se inmoló la mitad de la población que entonces habitaba el territorio venezolano.

Negro. La palabra negro jamás ha sido una palabra peyorativa ni ofensiva en Venezuela. Es más, lo afirmo, es una palabra cariñosa, muy afectiva. Cuantos catires he conocido cuyas madres y familiares llaman cariñosamente “negros o negritos”. Quien no ha conocido una dama de sus afectos a quien llamen “la negra o la negrita”. Deportistas destacados conocidos como “el negro tal o cual”. Cuantos cuentos, chistes o chascarrillos se han producido en los cuales la palabra negro no salte para graciosamente referirse a alguien. Revisemos la poesía seria, costumbrista o humorista de Venezuela y nos encontraremos, al azar, con Angelitos Negros de Andrés Eloy Blanco o La Negra del Maraquero de Ernesto Luís Rodríguez y no vayamos a la literatura en general, porque saltará a la vista Pobre Negro de Rómulo Gallegos o Cumboto de Ramón Díaz Sánchez y, aunque Cumboto no es sinónimo de negro si se deriva de “cumbe” o lugar donde se refugiaban los esclavos que se escapaban de sus amos en búsqueda de su ansiada libertad.

Ignoro la razón por la que ultimamente se usa un edulcorado eufemismo, “afrodescendiente” para referirse a los negros si toda la vida nos acostumbramos a llamarlos negros y, en este momento, me acuerdo mucho de una cantante muy popular, Edith Salcedo apodada nada más y nada menos que “La Negrita Cariñosa”. ¿Quien no se ha deleitado oyendo El Curruchá cantado por el Dr. Jesús Sevillano o algún otro cantante o la deliciosa canción Mi Negra? A falta de una explicación que no encuentro, me siento libre para pensar que es un eufemismo importado de los EEUU o Europa, gente que siente prurito ante la palabra negro.

Digo lo anterior a partir de algunos indicios. Conocí en los EEUU un simpático “potorro” (peyorativo de portorriqueño empleado por otros gringos de origen latino) de apellido Negrón. Carajo, los(as) gringos(as) se torcían pero no pronunciaban el apellido Negrón, porque para ellos es insultante que a alguien lo llamen negro y le decían Lagron, Magron o cualquier otra palabra pero jamás su apellido. Por otra parte, negro, es decir el color negro se dice black en idioma inglés. Negro (pronunciado nigrou) es para referirse a las personas de piel negra. También en francés, noir y negre; en alemán, schwarz y negger o en italiano, nero y negro. Resumiendo, en castellano no hacemos diferencia linística, negro es para ambos, tanto el color como la persona. Y volviendo a los gringos, ellos utilizan una palabra sumamente insultante, a los negros, despreciativamente, los llaman niggers y cuando quieren suavizar las cosas los llaman colored people, es decir gente coloreada. Se valen de argucias para disfrazar sus verdaderos sentimientos respecto a los descendientes de esclavos africanos a quienes desprecian y odian. Ahora también recuerdo que en cierta ocasión discutía con un gringo y éste se quejaba que “ellos” habían venido de Africa a contaminar su sociedad blanca y se quedó perplejo cuando le recordé que los negros jamás hicieron cola en ninguna embajada o consulado para pedir una green card, es decir, una tarjeta de residente en los EEUU, sino que, por el contrario, los cazaron como fieras, los encadenaron y los trajeron al Continente Americano muy, pero muy en contra de sus voluntades.

Dejémonos de eufemismos y sigamos como siempre fuimos. Al negro y la negra llamémoslos negro, negrito, negrazo, negrote, negra, negrita, negraza y todas las derivaciones de la palabra que el rico idioma castellano nos da y, eso sí, con el mismo cariño de siempre. Recordemos que nuestro Libertador Simón Bolívar mamó de las tetas de una NEGRA y que esa leche tenía algo, algo que él se encargó de transformar en un gran tesoro para la posteridad.


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jueves, 2 de abril de 2015

Infancia en Semana Santa

La calle del barrio donde vivía era de tierra hasta la esquina de la Calle Bolívar, la principal del pueblo, que era empedrada, donde todavía hay una plaza que solo ocupa un cuarto de manzana. En esa esquina, frente a la plaza, había una pulperia. Me perdonan que tan rápido me desvíe de la idea central, pero la palabra pulpería me trae también bellos recuerdos. Así se llamaban aquellos pequeños pero sabrosos expendios de todo, antes que los denominaran abastos y, más adelante en el tiempo, súper mercados. Las pulperías y las ñapas eran una deliciosa tradición en la Venezuela que se fue.

Volvamos al tema. En la pulpería de la esquina cuyo nombre olvidé en caso que tuviera alguno, los días de Semana Santa, especialmente el Jueves Santo, se reunían los hombres de barrio a echar cocos para delicia de todos, especialmente para los "carajitos" del barrio. Eso de echar cocos era una divertida batalla que, en ocasiones, también se apostaba y hasta podía constituir motivo de discusiones y, ocasionalmente, pleitos. Inútil decir que el ambiente se llenaba de chistes, guasas, comentarios, chascarrillos y contagioso humor.

Uno de los contrincantes, previamente seleccionado, sujetaba un coco en sus manos mientras otro, con su respectivo coco golpeaba al del otro con el propósito de romperlo. Si fallaba, se invertían las posiciones y así, alternativamente, hasta que todo concluía con el rompimiento de alguno. Si la rotura era violenta se perdía el agua, pero si era solo fractura se la disputaban para tomarla y con el resto, la pulpa del coco, hacían entonces en las casas el sabrosísimo arroz con coco, tradición de Semana Santa que aún se conserva en muchos lugares.

No habiendo mucho más que decir, les copio una poesía que me ha gustado bastante desde esos ya remotos tiempos. Espero que la disfruten junto con la añoranza que les he presentado.

Echando Cocos
Ernesto Luís Rodríguez


Es un decir en la aldea
que al coco de Juan Palomo
no le lastiman el lomo
ni se le gana pelea.
¡Que se quiten esa idea!
Yo nunca a nadie provoco,
pero aunque me gusta poco
decir lo que ya presiento,
van a saber los del cuento
¡como se quiebra ese coco!

Se llena la pulpería,
el silencio gime ausente,
y en los ojos de la gente
pega saltos la alegría.
como un reto a mi osadía,
Palomo frunce al cara;
su voz me revienta clara
cuando a servir lo provoco:
-¡Si eso no parece un coco,
sino una pobre tapara!-

El puño en guardia retiro
para caerle al contrario.
Hay mofa en el comentario
mientras nervioso respiro.
Mi coco sacude un tiro
que al otro le causa estrago
Ya ese golpe no lo pago,
nadie me cobra la cuenta;
y en el chorro que revienta
muere la sed trago a trago.

Siento la gloria mas honda
cuando a la puerta me asomo
Tú, la mujer de Palomo,
flor de ternura redonda,
pasas alegre y oronda
bajo la paz de la aldea,
Guapo tu pecho flamea
-su gracia nos vuelve locos-
y un par de trémulos cocos
me van pidiendo pelea...


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